Salí a sentarme un rato en la luna, pero esta se rió y se escondió entre las casa. Yo corrí tras ella, golpeando las farolas para que se callasen, pero fue en vano; se cubrió de montes bostezando nubes y quedé solo con los regaños de las ventanas y las insistentes recomendaciones de los semáforos. Las aceras me obligaron a caminar con su continuo recuerdo de pasos, llevándome al bar donde ella estaba ahogándose entre las palabras. Aparté un poco el ruido para sentarme en una esquina desde donde pudiese verla.
Tenía los ojos pequeños pero una mirada grande que se tragaba los ademanes del hombre que la rodeaba. De vez en cuando su perpetua sonrisa se alargaba y movía las pecas de un lado a otro. El la abofeteaba y después se echaba a llorar mientras ella le pedía perdón por el dolor que su dolor le había infringido. Esto continuó hasta que la derribó de un puñetazo y, montándose en una carcajada, salió del local.
Me acerqué y le ayudé a recoger los pedazos del dibujo que ella había estado haciendo en el aire, pero los trazos de humo habían ondulado y ahora formaban figuras en las que ella ni había pensado. Me preguntó que debía hacer con aquellas imágenes ajenas a su imaginación y solo pude decirle que se las guardase pues el Sol saldría en una horas. Después pedimos un poco de noche y nos la bebimos poco a poco, observando como la pintura de las paredes era derrumbada por los insectos que roían su interior y nos mostraban la verdadera naturaleza de las cosas.
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