El mar se extendía como un manto turquesa cuyos flecos blancos ondeaban al viento sobre la arena de la playa. Ver el mar siempre había sido su sueño. Dibujado tantas veces en su mente; montado y desmontado una y otra vez. Pero ahora,ante él, se daba cuenta de lo fútil de aquellos ejercicios; era querer imaginar lo inimaginable.
Podía ver como sus huellas dibujaban el camino seguido hasta la orilla; oler la sal en el aire y sentir el fluir del mar entre sus pies mientras dejaba que su mirada se perdiese en aquella inmensidad cuyo fin solo se intuía en el sutil juego de azules del horizonte. Aquel horizonte donde sabía se encontraba su destino, susurrado por la arena que escapaba con las olas.
Y sonrió. Alegre de imaginar la nueva vida que le esperaba en ese mundo nuevo que se escondía tras las aguas. Alegre al pensar que podría conquistar todo lo que su juventud había soñado. Alegre de alcanzar la tierra prometida de la que tanto había oído cuando escuchaba a escondidas las cartas leídas por unas monedas. De cuclillas bajo la ventana, viajaba arrastrado por el torrente de palabras que contaban las maravillas de la vida en el norte lejano y soñado.

Fue esto lo que recordó en aquel mínimo instante entre el terror que crispa la mano que busca en el aire algo a que aferrarse y la desesperación que anega la mente al sentir como el agua inunda los pulmones tras desaparecer, por ultima vez, bajo un mar tan oscuro como su tez.
Solo salió a la superficie una zapatilla de la que asomaba el morro sobre el agua y cuya suela despegada le dibujaba una mueca grotesca. Quedó allí, flotando junto a la patera volcada; la quilla intentando brillar bajo una luna que parpadeaba tras las nubes negras que se cruzaban ante ella, corriendo hacia la nada.